La improvisación como parte de tu vida

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Hay una frase que siempre llevo conmigo cuando toco: la improvisación musical no empieza cuando tocas, sino cuando escuchas.
Escuchar es ese primer movimiento invisible que casi nadie percibe, pero que sostiene toda la magia. Antes de que el arco toque la cuerda, la música ya está empezando a formarse en un lugar silencioso dentro de ti.

Improvisar no significa simplemente añadir notas al aire. Para mí, improvisar es abrir un espacio íntimo donde el violín, el cuerpo y el corazón conversan con sinceridad. Donde la técnica se mezcla con la intuición y donde la emoción tiene espacio para transformarse en sonido.

La improvisación musical es un acto de presencia antes que de ejecución.

El riesgo que despierta la creatividad

El jazz y aprender a lanzarte sin un mapa

El jazz me enseñó a convivir con el riesgo. No hablo del riesgo dramático, sino de ese pequeño vértigo que aparece cuando no sabes qué vas a tocar, pero aun así decides lanzarte. Ese instante previo a un solo — cuando todo es posible, cuando no hay nada escrito — activa una parte de ti que solo aparece en la improvisación.

En el jazz, el sonido nace del diálogo. La improvisación musical en este caso es escuchar al resto, responder, proponer. Es construir en el aire una idea musical que no existía unos segundos antes. En la música en directo, ese momento se siente más vivo que cualquier partitura: es irrepetible, orgánico, honesto.

Flamenco: la respuesta instintiva al compás

En el flamenco pasa algo parecido, pero desde otro lugar. Cuando el compás te empuja, no tienes escapatoria. Debes responder. El ritmo se convierte en una guía, en un impulso, en una llamada a la presencia total.

Improvisar desde el flamenco es vivir una conversación visceral con el compás, donde el cuerpo sabe antes que la cabeza lo que tiene que decir.

Cuando el violín respira contigo

Hay momentos en los que, justo antes de empezar un solo, siento que el violín respira conmigo. No es literal, pero la sensación existe: un ritmo interno que se sincroniza con la mente, las manos y el pecho. En ese instante, el instrumento deja de ser un objeto y se convierte en una extensión del cuerpo.

Improvisar desde ahí es sentir la música como un pulso compartido. Es dejar que la emoción guíe las decisiones. Es permitir que el sonido se abra paso sin forzarlo.

Este nivel de conexión es una de las razones por las que la música instrumental tiene un poder tan profundo: habla sin palabras, pero lo dice todo.

Improvisación musical sola y con otros: dos dimensiones distintas

La improvisación musical tiene muchas formas, tantos caminos como momentos. Improvisar sola es un ejercicio de introspección. Es un reto personal y creativo que te permite explorar territorios que nunca surgen cuando sigues una partitura. Ahí descubres matices de tu sonido, impulsos inesperados, límites que quizá ni sabías que existían.

Sin embargo, improvisar con otros músicos abre un mundo completamente diferente. Ahí aparece una magia que solo se crea en conjunto. El diálogo musical es inmediato, vivo, cambiante. No se trata solo de tu voz, sino de cómo tu voz se entrelaza con las demás. Como una conversación que avanza sin palabras, donde cada aportación transforma el rumbo de la música.

Puedes improvisar sobre algo totalmente cerrado —una armonía, una estructura, un tema— o puedes hacerlo desde cero: desde un gesto, un silencio, una sensación.

A veces guías.
A veces sigues.
A veces simplemente fluyes.

Eso también es improvisar.

La improvisación musical fuera del escenario

Improvisar no ocurre solo en la música. Improvisamos a diario sin darnos cuenta: cuando viajamos de ciudad en ciudad, cuando decidimos un plan en el último momento, cuando caminamos sin rumbo, cuando elegimos algo distinto para comer, cuando la vida cambia sin aviso y tenemos que adaptarnos.

Improvisar es gestionar lo inesperado.
Es aceptar que no todo se puede planear.
Es moverte con libertad dentro de lo que ocurre, no contra ello.

La vida rara vez sigue un guion.
Por eso improvisar es un acto de adaptación… y también de libertad.

Improvisar es estar viva.
Es responder sin miedo.
Es aceptar lo que llega y construir desde ahí.

 

La improvisación musical no solo te hace mejor músico; te hace más libre. Te enseña a confiar en tu oído, en tu cuerpo y en tu intuición. Te ayuda a dejar de buscar la perfección y a conectar con algo más auténtico y espontáneo.

Como violinista profesional, improvisar me ha permitido encontrar una voz propia que no depende de lo que está escrito. Una voz que nace del instante, de la emoción, del cuerpo. Una voz que se revela cuando permites que la música fluya sin expectativas.

Improvisar no es falta de preparación.
Es preparación profunda que te permite soltar.
Es confiar en que el arte sabe dónde ir.
Es abrir un espacio donde la música te atraviesa y te encuentra.

Improvisar es libertad creativa.
Es vulnerabilidad.
Es valentía.
Es una forma de decir: estoy aquí.